Sobre Juan Escámez, de Andrés Pérez Domínguez
De vez en cuando visito el blog de Sanlúcar. Tengo un enlace en el mío, y así me entero de las actualizaciones. Mirar este blog se ha convertido en una costumbre y, además, es la mejor forma que se me ocurre de enterarme de lo que pasa en el pueblo. A veces, cuando estoy de viaje, en la habitación de un hotel, buceo en Internet hasta encontrar el blog de Sanlúcar, un asidero que me mantiene pegado siempre al pueblo donde he crecido a pesar de la distancia. La otra mañana, al pinchar en el enlace, me quedé clavado delante de la pantalla del ordenador: Juan Escámez había muerto, y era como cuando lees en un periódico el titular de una mala noticia, tan mala que tienes que pasar los ojos por delante de la página más de una vez porque te crees que la imaginación te ha jugado una mala pasada. Incluso has de decirle a quien esté a tu lado que haga el favor de leerla por ti, porque seguro que te has equivocado. Pero, qué va. Lo peor que tienen estas noticias es que siempre son verdad. No hay forma de que alguien se haya equivocado o se haya apresurado al contarlo. Juan Escámez, el alcalde de Sanlúcar, estaba muerto. Desde que resultó elegido en las urnas la primera vez, hace más de seis años, yo había visto a Juan cuatro o cinco veces. Habíamos coincidido en algún acto, nos habíamos dado la mano o intercambiado algunas palabras cordiales. Poco más. Como cualquier político, tendría sus seguidores y sus detractores, eso forma parte del juego, y, sin que el fervor por las siglas de ningún partido me quite el sueño, me encienda el ánimo o me haga bostezar, puedo decir que Juan Escámez siempre me pareció un hombre amable y educado, y esas son dos virtudes que valoro en extremo en cualquier persona. Ser alcalde, y además, ser alcalde de un pueblo, es una de las profesiones menos agradecidas que se me ocurren. Hagas lo que hagas, siempre habrá alguien que se sienta atacado u ofendido o que practicará con astucia eso que Umberto Eco llamaba la tripodología felina, que viene a ser algo así como el arte de buscarle tres pies al gato. Digas lo que digas, no faltará quien busque en tus palabras una interpretación distinta o que no habías imaginado siquiera que tus razonamientos pudieran tener. Además, la gente te lo puede echar en cara al cruzarse contigo por la calle, o mientras remueves distraído con la cucharilla el café en un bar; en la cola del supermercado tal vez, o en la gasolinera. Incluso llamar al timbre de la puerta de tu casa. Yo no sería capaz de soportarlo, por eso sé que jamás podría dedicarme a la política. Y por eso siento un gran respeto por quienes, a pesar de tantas incomodidades, dedican sus días a ejercer un cargo público que los hace estar en contacto, en primera línea, con los ciudadanos. Apenas conocí a Juan Escámez. Solo lo había visto cuatro o cinco veces. Pero eso ya lo he contado más arriba. La última comunicación que tuve con él fue una carta que conservo en la que me felicitaba por el Premio Ateneo de Novela de Sevilla. Ya digo, siempre me pareció un hombre amable. Y estoy convencido de que se nos ha ido una buena persona. Descanse en paz.
Andrés Pérez Domínguez












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6 Febrero 2010 a las 12:51 pm
En estos detalles y muchos mas se nota la grandeza de las personas, Andres. Ya sabes que tengo un libro firmado por ti, que me regalò mi hija por Reyes, Haber si algún dia tengo la oportunidad de firmarte un comentario. Saludo de Dormilón.